Sermon 9 de mayo de 2010

Hechos 16:6-15

Un relato que ocurre durante un viaje misionero del Apóstol Pablo y sus compañeros.

Un poco antes leímos un pasaje del libro de los Proverbios (31:10 y 24-31) sobre la mujer que es admirable por su trabajo, por su integridad, por su carácter.  El pasaje viene al fin de Proverbios y habla de la mujer ideal, que maneja bien su casa y su negocio.  A pesar de esa visión, en los tiempos de la Biblia las Mujeres no eran muy tomadas en cuenta.  Muchas veces a ellas se les relegaba a una posición muy inferior a la del hombre.  Incluso muchas culturas la mujer se consideraba como propiedad, entre todas las cosas que poseía un hombre.

Sin embargo, la visión en proverbios es de una mujer responsable, que toma en sus manos las cosas que hacen falta y las prepara.   Tal sería la visión de la mujer que se llama Lidia, con quien se encontró Pablo en la ciudad de Filipos. 

Cuando empezó la iglesia, era un grupo de personas de la misma raza de Jesús, todas judías, personas que al proclamar a Jesús como Mesías, tenían en mente que era el enviado para un pueblo, los suyos.  Este Mesías había de venir a conducir a su pueblo a una posición superior en el mundo. Dios traería bendición al resto de la humanidad, pero por medio de los judíos.

A medida que pasaba el tiempo, se dieron cuenta que había que buscar a otras personas también.    Antes mencionamos la visita de Pedro a Cesarea, y la reacción de los judíos creyentes que estaban en Jerusalén cuando lo supieron y lo criticaron.

Así también cuando Pablo empezó su ministerio, había mucho desacuerdo entre las iglesias en cuanto a quiénes deberían de llevar el mensaje de la buenas noticias del amor de Dios.  Generalmente lo que hacía Pablo era visitar los lugares de adoración donde se reunían los judíos, aunque fuera en una ciudad extranjera.  En sus viajes anduvo por muchas partes de la Provincia de Asia proclamando  este mensaje, pero siempre llegando a la sinagoga en donde se reunían los judíos en el día de descanso.

Algo muy interesante ocurre para que lleguen a Filipos.  Están viajando por la Provincia de Asia y no pueden por algún motivo entrar ni a Bitinia, ni Frigia, ni Galacia, ni Misia, que son partes del país actual de Turquía.  En todos esos lugares hubo indicación, no sabemos cómo, que no debían de ir a allí y hacer trabajo misionero.  Algo les indicó que no debían de estar allí.  Finalmente cuando llegaron a la antigua ciudad de Tróade, Pablo tuvo un sueño de un hombre que decía “Ven a ayudarnos”.  Estaba en otro continente, en Europa, en Macedonia, que hoy día es Grecia, país desconocido para Pablo y sus amigos.  Sin embargo, al día siguiente salieron para allá. 

Llegaron finalmente a la ciudad de Filipos.  Y allí tenían que buscar una manera nueva de trabajar, porque no hallaron una sinagoga, u otro edificio donde se reunieran los judíos.  Pero un rumor les dejó saber que el día de descanso por la mañana iba un grupo al río a reunirse y orar.

Entonces Pablo y sus compañeros fueron para allá y sí hallaron como les habían dicho, mayormente un grupo de mujeres.  No sabemos si en Filipos siendo colonia romana, había mucha persecución de los judíos o si la gente les miraba mal, pero era una mayoría de mujeres que se reunían allí. Quizá los hombres tenían miedo, o no querían arriesgar su posición en la sociedad y por eso no llegaban a ese lagar de oración. O quizá no consideraban que la ribera fuera un lugar digno para adorar a Dios en el campo abierto.

Entre las mujeres, había una por lo menos que ni siquiera era judía.  Era de otra raza, ajena, pero que era creyente en Dios.  Las personas creyentes en Dios que no eran judías tenían que pasar por un proceso para ser recibidas como parte del pueblo de Dios, y ella no había tomado esos pasos.   Quizá pensaba que con creer en Dios, era suficiente. No había tomado los pasos para formalizar su membresía entre los judíos.  Pero seguía reuniéndose en ese lugar en el día de descanso.

Esta no era una mujer cualquiera. La tela de púrpura en tiempos antiguos era muy costosa.  Para crearla hacía falta recolectar muchos moluscos pequeñísimos del mar, moluscos que producen un tinte con el cual se tiñen las telas.   Por ser tan difícil de obtener los moluscos, y tan grande la cantidad necesaria de moluscos para producir el tinte, cuesta mucho la tela teñida de esa manera.

Lidia era comerciante de esta tela, mujer de mucha influencia. La Biblia no menciona que tuviera marido.   Parece que ella era la que manejaba ese negocio.

Había llegado ese día a la ribera del río esperando un tiempo de oración.  ¡Qué sorpresa que hubo visitas.  Pablo se puso a hablar con ellas, a platicar acerca de este Mesías, el prometido de Dios que había venido, Jesús de Nazaret.  Entre más hablaba Pablo, más sintió Lidia algo diferente, algo nuevo, algo importante para su vida.  Aunque no se había comprometido totalmente a la fe hasta ese momento, dice la Biblia que el Espíritu la impulsó a escuchar.

Cuántas cosas pudieran haber pasado para impedir ese encuentro entre Lidia y Pablo.  Como hemos visto, Pablo quería ir a otros lugares que tenía pensado visitar, y en su lista no estaba la ciudad de Filipos. Pero de alguna manera él llego a ese lugar.  Cuántas cosas pudieran haber impedido que Lidia estuviera allí.  No era de esa raza, de esa fe, de esa creencia, pero llegó ese día a ese lugar también.

Tenemos que concluir que era el Espíritu de Dios que estaba actuando en este caso.  El autor del libro lo menciona una y otra vez.  El 16:6, el Espíritu Santo los mandó a otro lugar.  En 16:7, el Espíritu de Jesús los prohibió entrar a otro lugar.  En 16:9, Pablo tuvo una visión para ir a un nuevo lugar.  Y en 16:14, mientras Lidia escuchaba las palabras de Pablo, el Señor la movió a aceptar lo que decía.  

Y finalmente, Lidia también puso a prueba la creencia de Pablo y sus compañeros: “Si creen ustedes que verdaderamente soy creyente, vengan a quedarse en mi casa.”  Ofreció su casa como la base para el trabajo en esa ciudad.  No sabemos cuáles pudieran haber sido las consecuencias de eso, si la gente se ofendiera, si Lidia perdiera negocio por eso.  Ella, sin tomar en cuenta todo eso, ofreció su casa con una gran hospitalidad.  Así como Pablo y sus compañeros la habían recibido a la fe en Cristo Jesús, así ella los recibió en su casa.

La visión de Dios para nuestra vida y nuestro trabajo no necesariamente va de acuerdo con nuestros planes.  A veces como seres humanos tenemos la idea de lo que vamos a hacer.  Pensamos que ésta es la mejor forma de lograr las cosas.   Siempre hay que tomar en cuenta la posibilidad de que Dios tiene otros planes para nuestra vida, algo diferente a lo que nosotros hemos construido como lo que va a ocurrir.

Y hay otra enseñanza también, que la aprendió Pablo junto con sus compañeros.  Cuando uno quiere servir a Dios, uno no va a actuar necesariamente para cumplir sus propios deseos.  Si uno quiere responder al llamado de Dios, y llevar a cabo la comisión que Dios le haya encomendado, hay que mirar la necesidad que exista ene. Mundo.  ¿Qué es lo que hace falta?  ¿Qué busca la gente?  ¿Qué necesita la gente?  De esa manera buscamos la voluntad de Dios, tratando de divisar en la cara de la persona que está a nuestro lado, la faz de Jesús, tratando de buscar la manera en la cual Dios responde en esta situación, y luego tomar los pasos para seguir con Dios de la misma manera.

La hospitalidad que ofreció Lidia a Pablo y sus compañeros era algo que ella pudo ofrecer.  Y cuando salimos al mundo para llevar a cabo lo que Dios nos haya encomendado, no es que nosotros simplemente llevemos algo para dar, sino que también salimos esperando lo que hemos de recibir.  El lugar a donde vayamos, aunque no hayamos estado allá, es un lugar donde Dios ya está.  Cuando Pablo  y Lucas y los otros cruzaron el mar y llegaron a Grecia y entraron a Europa y estuvieron en un lugar nuevo, pudieran haber pensado, “Estamos llegando aquí y trayendo a Dios a este pueblo, pero no.  Dios ya estaba en ese pueblo. Dios ya estaba trabajando, obrando en el corazón de la gente.  Fue Dios quien impulsó a las mujeres a llegar al río, donde se encontraron con Pablo.  Fue Dios quien movió el corazón de Lidia y la preparó ara recibir un mensaje mayor de parte de Pablo.    Dios ya estaba actuando allá. 

Cuando salimos a responder a las necesidades del mundo, sabemos que vamos a encontrar allí no sólo una misión para nosotros sino también que vamos a recibir de parte de la gente a quienes encontramos y de parte de Dios.  Es un caminar donde nos lleva Dios a su lado, desarrollándonos.  Y es por eso que no sirve la excusa de decir, “No puedo salir en misión de Dios, porque no he alcanzado el nivel necesario.  No es excusa válida, porque Dios nos lleva y nos prepara y nos da lo que necesitamos, y aun en esa experiencia nos sigue enseñando, nos sigue animando, nos sigue dirigiendo. 

El tema central de este pasaje no es una serie de coincidencias, no es algo que debe de sorprendernos.  Es la acción del Espíritu de Dios.  Cuando Dios actuó en Pablo y Lucas y sus compañeros, y en Lidia y en esas mujeres, todos crecieron y todos aprendieron.  Cuando Lidia dio su invitación, ellos pudieran haber respondido, “No, no podemos hacer eso. Tenemos que buscar una casa de gente de nuestra raza, de nuestra religión. No podemos quedar aquí.”

¿A quién aceptamos?  ¿A quién recibimos como parte del cuerpo de Cristo?  La Iglesia Unida de Cristo tiene el lema, que lo repasamos con los niños esta mañana: “Sea quien seas, y dondequiera que estés en el camino de la vida, aquí tienes una bienvenida.”  Y no es una bienvenida que damos simplemente porque somos buena gente.  Es una bienvenida que podemos ofrecer porque hemos recibido la bienvenida de Dios, quien con los brazos abiertos nos ha invitado a ser parte de su familia, parte de su reino, parte de su ministerio sobre la tierra.

“Sea quien seas, y dondequiera que estés en el camino de la vida, en esta iglesia, en nombre de Jesucristo, tienes una bienvenida” —  para llegar, para ser recibida, para ser recibido, y para salir de este lugar y llevar a los confines de la tierra esa paz, esa hospitalidad, ese amor que Dios n

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