Sermon 16 de mayo 2010

Texto: Hechos 16:16-34

Sigue el relato que escuchamos la semana pasada.  Pablo y sus compañeros han llegado a Filipos, ciudad romana en Grecia, en su trabajo misionero por primera vez en Europa.  Se encontraron con Lidia, mercader de ricas telas de púrpura, y ella les obligó a quedarse en su casa.

En este relato vemos personas oprimidas, personas que sufren, que están bajo control de otros.  En primer lugar, obviamente, la mujer, la muchacha esclavizada de la cual otros sacaban provecho.  Dice el texto, “Ella tenía espíritu de una serpiente.”  En Grecia había un lugar donde haba gran serpiente, y la gente llegaba allá para preguntar acerca de su propia suerte, y se creía que la serpiente era sabia y podía indicarle a la gente lo que iba a pasarles.  LA gente encargada daba las interpretaciones, pero la gente creía que las respuestas venían de la serpiente.  Jesús dijo, “Sean ustedes tan mansos como palomas y tan sabios como serpientes.”  Era un símbolo del conocimiento, de la sabiduría que estaba oculta de las masas de la gente.

Esta mujer con espíritu que la hacía profetizar era muy útil para aquéllos que la habían esclavizado.  En aquellos tiempos una persona podía ser esclava por muchos motivos diferentes, a veces por ser cautivos de guerra, a veces por tener una gran deuda que no la podían pagar.  En otros casos, nacían niños o niñas en una familia esclavizada. No sabemos por qué esta muchacha quedó esclavizada, pero habían sacado mucha ganancia de ella.

Vemos también a Pablo y Silas en la prisión, en el cepo incómodo donde no podían ni moverse, con las piernas sujetadas, a la misericordia del carcelero, de las autoridades, y del grupo que los había atacado.

Personas oprimidas, que están sufriendo injusticia y maltrato.  No sólo es una historia del pasado.  Sabemos que en este país, hace 145 años que se abolió la esclavitud.  Muchos países ya habían abolido la esclavitud a esa altura. 

Sin embargo, hoy día aún hay gente esclava.  La esclavitud existe en nuestro mundo por muchos motivos.  Es principalmente porque hay gente poderosa que puede sacar de su víctima una ganancia o un torcido placer. Gracias a Dios que aún tan divididas las iglesias, en este caso han podido unirse en campañas para acabar con la esclavitud a nivel mundial

En países donde hay mucha pobreza, llega gente con grandes promesas de prosperidad, y la gente se cree.  Sale de su lugar y cuando llegan a ese nuevo lugar de promesa se dan cuenta que es vana la promesa, que es esclavitud.  Ven que aquéllos que les prometieron tanto, los tiene engañados, presos, y los ponen a hacer trabajo sin pago.

En Tailandia, muchas mujeres campesinas, y niños y niñas, que son llevadas a la ciudad donde son prisioneras, para el eso de hombres que vienen hasta de otros países para hacer uso de ellas, de sus cuerpos, en la prostitución.

También sabemos que hay “gente-traficantes”, personas que traen a escondidas a los inmigrantes de lugares como China, y los obligan a trabajar en fábricas ocultas de done no pueden salir, ni hablar con nadie, sino solamente trabajan por la ganancia de los que los tienen presos.  Hay niños y niñas que trabajan en Pakistán 12 horas al día, y sus padres los han vendido a contratistas. Tejen alfombras y a los dueños les gusta usar niños porque tienen los dedos pequeños para tejer y no pueden resistir.

El caso de esta muchacha: por su situación, por estar indefensa y vulnerable, ella fue explotada por estos dueños.  Al desafiar esa situación de esclavitud, Pablo y Silas sufrieron una suerte muy parecida.  También ellos fueron arrebatados injustamente, fueron llevados a un lugar a donde no querían ir, fueron sujetados contra su voluntad.

¡Cuántas personas hay hoy día que viven esa suerte!  Son perseguidos o encarcelados por una situación injusta.  En Colombia, que entre los países suramericanos menos ha podido mejorar el nivel de vida para sus residentes en años recientes, hay una guerra – guerrilla en contra del gobierno, represión de parte de las fuerzas armadas y los escuadrones de muerte.   

La gente ordinaria campesina sufre mucho por esto.  Hay también una campaña para erradicar las drogas, que ha traído destrucción de muchas cosechas que no son parte del narcotráfico.   En muchos lugares de Colombia, trabajadores de las iglesias levantan su voz para denunciar esta injusticia, y a su vez sufren persecución, amenazas, golpes y hasta muerte.  La gente que saca ganancia de esto quiere silenciarles.

Hay un ministerio de gente creyente en este país que va a Colombia para acompañar a aquéllos trabajadores y trabajadoras de las iglesias, para defenderles, porque están levantando la voz en contra de la injusticia y trabajando en nombre de Jesucristo para  aliviar la situación. 

Pablo y Silas bien pudieran haber pasado la noche esperando temerosos lo que había de venir por la mañana, pero no lo hicieron.  En cambio, allá en la cárcel continuaron su testimonio, orando y cantando.  El resto de los prisioneros estaban escuchando.  Aún en esa situación, siendo ellos los presos más aislados y sujetados, siguieron animando a los demás.

Hoy día hay organismos que trabajan a nivel global a favor de los que están presos.  Amnistía Internacional indaga los casos de presos y hallan personas que están en la prisión por haber hablado a favor de la justicia, y no por ningún delito.  Cuando se dan cuenta de tal persona, en cualquier país, empiezan a publicar denuncias.  Animan a sus miembros a que escriban al gobierno de aquel país, sea Indonesia, sea Colombia, sea China, sea Estados Unidos, porque también hay víctimas aquí, a exigirles a las autoridades que esa persona reciba un proceso justo, y si no debe estar en la prisión, que se le dé la libertad.  Es trabajo muy importante para levar a cabo la visión que tiene Dios de la dignidad de cada una de sus criaturas.

Cuando inició Jesús su ministerio, según el Evangelio de Lucas, leyó del profeta Isaías las famosas palabras: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado para anunciar libertad a los presos, dar vista a los ciegos, poder en libertad a los oprimidos, anunciar el año favorable del Señor.”

Esta era la misión de Jesús y como iglesia, gente que sigue a Jesús, es nuestra misión también.   Todo lo que se pueda hacer en colaboración entre iglesias o con otros grupos debe hacerse para ayudar a esas mujeres explotadas, a esa gente que sufre la cárcel.

La muchacha esclavizada que hacía adivinanzas, los apóstoles Pablo y Silas, obviamente sufren opresión en este relato.  Aún esa muchacha en su situación oprimida al hablar por ese espíritu, reconoció que Pablo y Silas eran, según el texto, esclavos del Dios Altísimo.

Hay muchos amos en este mundo.  Los amos de la muchacha la usaban para ganarse dinero.  Los jefes de la ciudad que metieron a Pablo y Silas en la cárcel, los gobernantes superiores de la provincia, y el emperador de Roma, todos tenían esclavos.  Pero la muchacha, en su torcida profecía, reconoció que Pablo y Silas no estaban sujetos a estas autoridades, sino que tenían un solo amo, que es Dios Altísimo, el único que merece en verdad el título de Amo, de Señor, de Dueño.

No era una esclavitud involuntaria la de Pablo y Silas, sino que se habían entregado libremente, reconociendo la soberanía de Dios.  Y así servían con gozo y gratitud a un Amo que merecía su lealtad. 

Hay otros también, en este relato, que estaban en esclavitud, bajo control de una fuerza ajena.  Aunque sea difícil creerlo, los dueños de la muchacha eran esclavos también, privados de su libertad, bajo control ajeno.  Estos dueños que oprimían a aquella muchacha eran esclavos de su propia avaricia, y de un sistema que insistía que ellos, siendo poderosos, siendo dueños, explotaran a esta mujer.

El carcelero también era esclavo. Estaba dentro de un sistema de gobierno que aunque parecía darle mucho poder (las llaves de las cadenas, el control de la prisión), al darse cuenta de que las cadenas se soltaron y las puertas se abrieron, quiso matarse.  ¿Por qué?  Sentía que si los presos se escaparan, él pagaría con su vida.  Quiso quitársela él mismo y no sufrir las torturas que habían de venir sobre él.  Era esclavo de un sistema opresor.

Hoy día si hablamos de la mujeres obligadas a trabajar en la industria sexual en Tailandia, tenemos que hablar de los hombres que van de turistas a Tailandia, que son esclavos de sus perversidades y sus adicciones, que han tomado el don que Dios ha dado para bien y lo han torcido.  Si miramos a los que encarcelan a la gente que denuncian la injusticia, vemos que viven el temor.

Vimos cómo en EEUU, a raíz del 9-11, mucha gente se dejó llevar por el temor hasta estar a favor de torturar a otros por la posibilidad de sacarles alguna información sobre actividades terroristas y prevenirlas antes de que ocurrieran.  El temor es poderoso y puede esclavizar a toda una población.  El temor permitió que la junta militar en Argentina secuestrara a activistas y los echara desde un helicóptero para ahogarlos en el mar. La junta robaba a los niños de sus padres, mataba a los padres y ponía a los niños en otra familia donde los criaba la misma gente asesina.   La gente lo permitió por el miedo a algún cambio que pudiera venir al país si cesara la represión.

Llega el carcelero a la celda donde están Pablo y Silas y dice, “¿Qué debo hacer para salvarme?”  No sabemos qué quería decir con eso. Creo que él, sin saber de lo que traía Pablo, simplemente preguntaba, “¿Cómo voy a salvarme del castigo de este gobierno?”

Muchas veces la gente hace esas preguntas, y cuando quiere salvarse tiene una idea muy limitada.   No sabe todo lo que pide.  El carcelero quería salvarse del castigo.  Quizá la persona que se nos acerca tiene una pregunta parecida, de salvarse de su adicción, o de una persecución, o una dificultad.  O si acaso está hablando de algo mayor, muchas veces se preocupan simplemente por escaparse del castigo, de no sufrir la condena.

Qué interesante que digan “salvarme”, como si fuera nuestra propia obra.  La respuesta de Pablo y Silas es interesante.  No dice que el carcelero tiene que ir a rendir un informe a los oficiales sobre lo ocurrido, para evitar la culpa o echarla a otro – nada de eso.

“Cree en el Señor Jesús.” Fue la respuesta de Pablo y Silas. Esta frase tiene 3 partes.

En primer lugar, creer. Hay mucha enseñanza que dice que el estar de acuerdo con ciertas doctrinas es lo necesario para la salvación, y que sin esas doctrinas uno no es salvo.  Pero el creer es mucho más que afirmar una doctrina.  El creer es un cambio en nuestro trayecto; es decir, “Dado que creo en Jesús, voy a permitir que me transforme, que me libre de la esclavitud, que me lleva a otras personas esclavizadas para trabajar por su libertad, que me lleve en sus pasos.”

En segundo lugar, creer en el Señor, que sea la primera y la última autoridad en nuestra vida – no el emperador, no el presidente, no el jefe de policía, sino Jesús.  Hace 2,000 años, fue la primera afirmación de la iglesia: “Jesús es Señor.”  Kyrios en el griego, el título que usaba el emperador, el título que usaban los amos de la muchacha esclavizada, y es el título que usó el carcelero cuando entró miedoso a la cárcel, “Señores, ¿qué debo hacer para salvarme?”  Pero ellos afirmaron que sólo hay un Kyrios.  Sigue a aquél que sólo es digno de tu lealtad.

En tercer lugar, cree en el Señor Jesús.  No creas en cualquier Señor, sino en un Señor muy específico.  Cree en el Señor de Galilea, que del libro de Isaías sacó su misión, lo que tenía que hacer.  ¡Cree en ese Señor!  Cree en ese Señor de compasión, de amor, que viene a traer la buena noticia a los pobres, que ha sido enviado por Dios a anunciar libertad a los presos, que ha venido a dar vista a los ciegos, que ha venido a anunciar el año favorable de Dios.

Cree en ese Señor y serás salvo, tú y tu familia, porque la salvación es colectiva.  No consiste en “Tú y yo, Señor, tú y yo.”  Cuando Pedro respondió a la pregunta de Jesús y afirmó, “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios,” Jesús no le dijo, “¡Qué bueno, Pedro, ya aprobaste el examen, felicidades, eres salvo!”   ¿Qué dijo?  “Sobre esta roca edificaré mi iglesia.”  La salvación es colectiva, la salvación es del cosmos, del mundo, de la creación.  Esa fue la obra salvífica que vino a hacer Jesucristo.

Y ese hombre ofreció su hospitalidad, como vimos en el pasaje anterior con Lidia, al recibir el mensaje del evangelio, ofreció su hogar y su bienvenida, sus alimentos, el compañerismo de su familia, para Pablo y Silas.  Fue en respuesta a la salvación que había recibido, no para pagar, sino por gratitud a Dios.

Son muchas las esclavitudes en el mundo, pero cuando hay libertad, y cuando como iglesia luchamos por la libertad, hemos de ver una gran respuesta a nuestra misión, que confirmará en toda persona la realidad de Jesús y su obra redentora.

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